Topiko eta gezurretan oinarritutako kazetaritzaren deseredua, harrijasotzailearen ikutu etnikoa eta guzti.
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“El Gobierno ha ejercido una fuerte presión sobre la identidad a través de los centros educativos y de los medios de comunicación públicos. La hipervaloración del euskera y la mistificación de la historia han permitido imponer de manera más o menos sutil una visión informativa de la identidad reducida a lo vasco y valorada de una forma superior a lo español”, sostiene el catedrático de Psicología Clínica Enrique Echeburúa. Con el agravante añadido de que ETA no ha dejado de aplicar su llama a esa presión identitaria desde el inicio del proceso autonómico. Según Echeburúa, el respaldo de ETA a los postulados nacionalistas ha impedido a muchos resistirse a esa presión identitaria por temor a ser tildados de malos vascos o de enemigos del pueblo.
Aunque los logros de la construcción autonómica han eclipsado durante mucho tiempo el coste humano y profesional de esas políticas, los sacrificados a la causa se resisten a desaparecer. La sobrevaloración del euskera, erigido en el elemento vital de la identidad vasca, ha llevado a la aplicación de medidas discriminatorias en los puestos de trabajo público, particularmente en el ámbito de la enseñanza y la sanidad. A lo largo de estos años, miles de profesionales han tenido que abandonar sus puestos a favor de jóvenes euskaldunes de mucha menor cualificación. Se ha llegado a la aberración de que a un cirujano se le puntúe más el conocimiento del euskera que su expediente académico, pero la sociedad no ha hecho escándalo de esta sangría profesional, ni se ha interrogado sobre los efectos a largo plazo de la endogamia laboral, de la imposibilidad práctica de que los profesionales de otras áreas de España y del extranjero enriquezcan el tejido laboral.
La sacralización de la lengua, a la que prácticamente se le atribuyen cualidades demiúrgicas y trascendentales en la constitución de la personalidad vasca, ha anulado las críticas en una sociedad en la que tres décadas de hegemonía nacionalista han permitido proclamar como normal, inevitable, indiscutible, lo que no deja de ser una forma particular de ver el mundo circundante. Parte de la población vasca –en realidad, sólo el 30% habla euskera– ha llegado a interiorizar que el desconocimiento de la lengua es un déficit personal, una falla, un estigma culposo que recae sobre sí mismo o sus progenitores. ¿Cabe extrañarse, a la vista de ese silencio, de esa ausencia de crítica, de que el nacionalismo se haya atribuido en exclusiva el derecho a definir qué es ser vasco y cómo deben comportarse los auténticos vascos?
Y sin embargo, la asunción genérica de que el euskera debe ser obligatorio para preservar la identidad nacional –signifique eso lo que signifique–, y los ingentes recursos económicos y humanos destinados a ese gran objetivo, no han supuesto un avance significativo en el uso efectivo de la lengua vasca. ETB-1, el canal autonómico que emite en euskera, ha perdido 100.000 espectadores. Su audiencia ha quedado reducida al 3%, entre otras cosas porque el público infantil, del que se nutre en gran medida, está optando por los canales temáticos.
La manipulación política nacionalista del euskera y su obligatoriedad han hecho, además, que la lengua vasca, patrimonio común a defender, sea vista por una parte de la población como algo antipático, forzado, que se utiliza de puertas afuera para quedar bien, pero se cultiva muy poco en la realidad. Es el precio de ignorar que el aprendizaje de las lenguas requiere, antes que nada, predisposición afectiva. Claro que mientras muchos profesionales se buscaban la vida fuera de Euskadi, una nueva burguesía nacionalista surgía al calor de la exigencia del euskera en la Administración.
“Lo que vamos a hacer con el euskera es fomentarlo con idéntico esfuerzo presupuestario que hasta ahora, pero aplicando el sentido común y prescindiendo de esas políticas absurdas y disparatadas que han generado rechazo social. Tenemos que conseguir que ETB-1 deje de ser una televisión marginal, asegurar el bilingüismo y avanzar hacia el trilingüismo. Los padres tienen derecho a decidir en qué lengua quieren escolarizar a sus hijos”, anuncia el lehendakari. Su Gobierno ha prometido restituir en sus antiguos puestos a los profesionales que fueron depuestos y arrinconados por la exigencia del euskera, aunque, a estas alturas, ése sea un anuncio tardío destinado a ofrecer un resarcimiento moral más que otra cosa. La herida de los damnificados sigue en carne viva, a pesar del tiempo transcurrido. Si hay que creerles, las políticas nacionalistas arrasaron un sistema educativo público excelente.
“Consiguieron arrinconar la enseñanza en castellano y que la mayoría de los profesores se expresara en euskera, pero el impacto en el plano educativo ha sido enorme. ¿Cuántos excelentes profesores han salido llorando de las aulas avergonzados porque balbuceaban su asignatura y apenas podían hacerse entender? Si le cortas las manos al pianista, no puedes pretender que siga tocando el piano como antes. En nombre de una falsa patria y de una no menos falsa idea de la construcción nacional, han sacrificado a profesores y alumnos para imponer un euskera de plástico”, señala la bilbaína Begoña García Merino, que da clase hoy en un instituto madrileño. “El sistema ha dejado en la cuneta a muchos alumnos que habrían podido salir adelante si se les hubiera educado en su lengua materna”, afirma José Irízar, antiguo director de instituto en un barrio donostiarra.
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